Tributo al Cuento más Hermoso del Mundo

La mano de El Lolo temblaba mientras escribía en su cuadernillo, y como si las hojas fueran vudú le dolía el alma al terminar cada línea que escribía, cada vez que cambiaba de hoja, grandes lagrimones bañaban sus pestañas, y la nausea que lo hacía querer terminarlo le contraía el esófago.

Todos sus sentimientos eran abrumadores, y La Perla que tocaba fuertemente la puerta no entendía que diablos pasaba. El Lolo por su parte, empedernido, se limpiaba con la manga el rostro y no entendía porque la punta del lápiz parecía que bailase frente a él, pensó por un momento que aquella marca de lápices parecía ser confiable y prosiguió escribiendo, pensó un segundo en La Perla, pero sin poner atención a sus golpes se introdujo más aún en la escritura.

Parecía que El Lolo no quería terminar de escribir, la herida que dejaban las palabras en su alma parecían regenerarse cuando repasaba para revisar la sintaxis, era todo tan hermoso, estaba todo tan lleno de él, sentía que dibujaba sus órganos cada vez que tocaba el papel, y si entrecerraba los ojos, podía ver que las líneas creadas por los espacios que dejaban la separación de las palabras, tenían formas de corazón, de hígados, de riñones de orejas y de ojos, en la primera hoja veía un par de manos, y en las siguientes vio el lunar que tímidamente ocultaba en su tobillo izquierdo, y mientras tanto en el pasillo, La Perla fumaba.

Cuando El Lolo dio la pincelada final a su cuento tuvo que tomar un vaso de agua con azúcar para calmarse, la adrenalina que corría por sus venas le quemaba como si fuego fuera, y ya no podía contener el llanto, se tapó la cara con las manos y lloró, lloró tan fuerte que sentía se le acababan las lágrimas, olió fuertemente las hojas queriéndoles sacar su último aliento, aquel cuento que había vivido mientras él lo escribía yacía moribundo tapándole los ojos, pero El Lolo no quería mirarlo, ahora que pálido languidecía frente a él, debía enterrarlo, los otros serían el ataúd, vosotros seríais el ataúd. Afuera La Perla apagaba el cigarrillo en la puerta y partía decepcionada, adentro El Lolo dormía entre sollozos, y las hojas del cuento lo abrazaban tan fuerte que ya no sentía frío.


Jaramillo de Noche

Jaramillo pintaba con lápices de madera un pequeño robot que había dibujado en un trozo de papel mantequilla, la noche cubría la habitación y una pequeña vela con olor a canela alumbraba temblando los juguetes que apoyados unos con otros le acompañaban en el pequeño escritorio, bordeaban ya las 9 de la noche y su madre lavaba abajo una polera a rayas rojas y blancas, estaba cansada y sus manos tiritaban efecto de la temperatura del agua.

Jaramillo había pegado en el muro con engrudo el robot que había terminado hace sólo un momento, y se había puesto su pijama de cohetes y estaba listo para irse a dormir, su madre le había dado ya su beso de buenas noches y hacía un par de llamadas antes de dormir también, Jaramillo yacía en la cama, y tarareaba una canción que le había entrenido durante el almuerzo, y casi sin darse cuenta cayó en un profundo sueño, lleno de nubes de algodón, peces que volaban entre los hojas de los árboles y nidos de algodón de azúcar, pero de pronto, escuchó como su ventana se abría de sopetón, Jaramillo blandió fuertemente las sábanas y parpadeando rápidamente se cubrió con ella, afuera un farol encendido tambaleaba y se correspondía con la ventana de Jaramillo, que estaba abierta por una extraña razón, y hacía notar una silueta que estaba parada justo frente a la cama de Jaramillo. Jaramillo al notar que la silueta no se movía, lentamente fue bajando la sábana hasta notar un sujeto que tenía una extraña capa, la cual era roja por un lado y negra por el otro, el sujeto lentamente se fue acercando a Jaramillo, respirando fuertemente por su nariz, como si quisiera oler algo en especial, Jaramillo ya no tenía miedo, una inmensa curiosidad le embargaba por completo y de la misma manera se fue acercando a lo que para él parecía un pequeño vampiro pelirrojo.

Cuando el vampiro estuvo lo bastante cerca, hizo un fuerte ademán y mordió el lado derecho el cuello de Jaramillo, pero al primer contacto de sus colmillos con el cuello de Jaramillo empezó a escupir pequeños trozos de madera, Jaramillo se reía afirmándose las rodillas y el pequeño vampiro pelirrojo no entendía nada, Jaramillo encendió esta vez una pequeña vela con olor a vainilla y le entregó un vaso de agua al vampiro para que se enjuagara la boca, entre gárgaras el vampiro le preguntó que tenía en el cuello, y en ese momento Jaramillo le mostró todas las costuras que tenía en el cuerpo -Soy un espantapájaros- le dijo con tenue voz, cuidando no despertar a su madre, en ese momento, una mirada perdida se había hecho presa de los dos, y ambos sentado en el suelo rieron silenciosamente durante un momento.

La luna había avanzado tres cuartos en el cielo, y el pequeño vampiro pelirrojo debía partir, Jaramillo abrió su ventana y antes de que partiera le entregó el pequeño robot que había dibujado, y con el mismo engrudo se lo pegó en la parte roja de la capa, deseándole un buen viaje, y que volviera cuando quisiera, pero que no tratara de morderlo de nuevo, que los amigos no debían morderse entre ellos, el pequeño vampiro asintió entrecerrando sus ojos y convertido en murciélago voló lejos de la ventana de Jaramillo, luego de cerrar la ventana y de apagar la vela, Jaramillo tarareaba una canción de la película que había visto en la tarde y se acostó, tapándose rápidamente, y frotándose los pies uno con otro para recuperar calor, luego de un momento cayó de nuevo en un profundo sueño, pero esta vez los peces no volaban, esta vez él era el que nadaba entre las algas, y los peces lo invitaban a desayunar.

Canela y Manzanilla

Pepe corría a su casa al final del huerto, al partir en la mañana había visto a la madre arrancando lechugas de raíz, y sabía que eso significaba que en el almuerzo, aquella fuente de greda, estaría rebosante de las hojas que con limón esperaban a Pepe con su tenedor.
A medida que Pepe se acercaba a la cocina, podía sentir como su madre ponía los cubiertos sobre la pesada mesa de madera negra, y sus ganas de buscar los tallos, de encontrarlos antes que sus hermanos y casi al final del almuerzo comerlos con sal, cuando ya la fuente estaba vacía.

Besa fuertemente a su madre en la mejilla, mientras ella acerca la tetera al fuego de la estufa. Al cabo de un momento, la tetera tiznada por los años escupe vapor fuertemente por la boca, avisando a la madre quien fregaba sin ningún cuidado la fuente de greda. La madre coloca un par de varas de canela y unos brotes de manzanilla en un gran tazón gris, y con el paño de cocina de turno, toma el tazón humeante y lo lleva consigo a la mecedora que la espera con un débil movimiento por la brisa que llegaba a la terraza.