Un pesado aire entra por la ventana, mi cuerpo desnudo ha dejado una marca de sudor en el colchón, y no he podido dormir en toda la noche, mañana temprano debo reunirme con mi editor, y las tres reuniones anteriores no habían sido de mucha ayuda, se había llenado la boca con tecnicismos, y después de tanto balbuceo la única frase que se me había quedado era que, de no presentar algo publicable la editorial daría término al contrato,pero yo no los culpaba, desde que había ganado ese concurso que no había sacado algo decentemente publicabable, y el estar sentado frente a una máquina de escribir de ocho a ocho resultaba tan tedioso como unos de esos trabajos de oficina, ya no lo disfrutaba, pensaba que lo único que quería realmente era que Ernesto se vomitara el café encima al leer mi malformado crío, y me dijera que ya no tenía responsabilidades con la editorial, en otras palabras, Ernesto, el dulce Ernesto firmaría mi acta de libertad, y mientras pensaba cerré los ojos, suspiré hondamente y traté de dormir.
El café de Ernesto estaba frío, inmaculado, semidesnudo frente a mi, y mientras sus ojos escrutaban las hojas manchadas con tinta barata, de los nervios me rompía los dedos. Ernesto tenía una extraña mueca, era una mueca practicada y fingida, era LA mueca para despedir a la gente, hizo un silencio bastante cómodo y bebió un poco de café, estaba frío, lo tragó disimulando la desagradable situación, pero yo lo había notado, no había nada más desagradable que tomar café frío, y más aún cuando vas a despedir a alguien. Pero por otro lado, yo sería libre, pero por una cuestión de respeto disimulaba mi felicidad, lentamente saqué un cigarrillo, y Ernesto acercó la llama hacía mi mientras empezaba a hablar.
-¿Te ha pasado algo en los últimos tiempos?
-No, o sea, lo mismo de siempre, mujeres van, mujeres vienen, pero nunca tanto como para caer en cursilerias. ¿Por qué lo preguntas?
Vaciló un momento y prosiguió.
-Es que, ¿cómo te lo digo?
Mi incertidumbre era como una tetera a punto de hervir, sus ojos extraviados y su cejo fruncido no me daban buena espina. Continuó casi obligado por mi mirada que exigía respuestas.
-Como que estás escribiendo cosas "felices".
En ese momento no supe que me había molestado más, si el hecho que encontrara "feliz" mi trabajo, o el hecho que haya hecho ese asqueroso gesto con las manos para simular las comillas, pero había algo que me confundía en cantidad, no sabía si lo que me decía era bueno o malo para mi plan, ¿le gustaba que fuera "feliz"?, ¿le molestaba?, me tuve que morder la lengua para no acapararlo con preguntas sobre su juicio de valor, y con una sonrisa cínica en la cara interrogué.
-Entonces, ¿habemus publicación?
Ernesto golpeó contra la mesa el fardo de hojas acomodándolo y lo metió en su malgasto bolso de cuero, dejó una considerable suma de dinero en la mesa y me pidió que esperara su llamado.
No sabía que hacer, todo había pasado tan rápido que ni siquiera tuve la oportunidad de negarle la opción de que se llevara el manuscrito y que me dijera de inmediato la decisión, ahora sólo quedaba la incertidumbre, de repente fui interrumpido por el garzón que totalmente decidido me consultaba si podía retirar las cosas, asentí con rudeza y caminé.
Maldecí mil veces a Ernesto, ¿cuál es la idea de dejar a un hombre como yo en la laguna de la incertidumbre?, por un momento pensé que Ernesto sabía mis planes, y todo esto era una suerte de "regalo" de despedida, y de un momento a otro caí en cuenta, yo sabía que el escrito era totalmente impublicable, y sobre todo después de las modificaciones que le había hecho anoche causa del insomnio. Ahora me sentía bastante bien, había llegado a la conclusión que Ernesto no tuvo los cojones para decirma a la cara que estaba despedido, y era mucho mejor hacerlo por teléfono, así, no tendría la necesidad de ver mi rostro destruido tras la derrota, ¡cobarde!, murmuré, y con una sonrisa corrí hacia mi casa.
Hoy era una noche muy especial, debía celebrar como Dios manda, así, con suerte terminaría con una mujer en la cama, y quién sabe, quizás con dos.