Todos sus sentimientos eran abrumadores, y La Perla que tocaba fuertemente la puerta no entendía que diablos pasaba. El Lolo por su parte, empedernido, se limpiaba con la manga el rostro y no entendía porque la punta del lápiz parecía que bailase frente a él, pensó por un momento que aquella marca de lápices parecía ser confiable y prosiguió escribiendo, pensó un segundo en La Perla, pero sin poner atención a sus golpes se introdujo más aún en la escritura.
Parecía que El Lolo no quería terminar de escribir, la herida que dejaban las palabras en su alma parecían regenerarse cuando repasaba para revisar la sintaxis, era todo tan hermoso, estaba todo tan lleno de él, sentía que dibujaba sus órganos cada vez que tocaba el papel, y si entrecerraba los ojos, podía ver que las líneas creadas por los espacios que dejaban la separación de las palabras, tenían formas de corazón, de hígados, de riñones de orejas y de ojos, en la primera hoja veía un par de manos, y en las siguientes vio el lunar que tímidamente ocultaba en su tobillo izquierdo, y mientras tanto en el pasillo, La Perla fumaba.
Cuando El Lolo dio la pincelada final a su cuento tuvo que tomar un vaso de agua con azúcar para calmarse, la adrenalina que corría por sus venas le quemaba como si fuego fuera, y ya no podía contener el llanto, se tapó la cara con las manos y lloró, lloró tan fuerte que sentía se le acababan las lágrimas, olió fuertemente las hojas queriéndoles sacar su último aliento, aquel cuento que había vivido mientras él lo escribía yacía moribundo tapándole los ojos, pero El Lolo no quería mirarlo, ahora que pálido languidecía frente a él, debía enterrarlo, los otros serían el ataúd, vosotros seríais el ataúd. Afuera La Perla apagaba el cigarrillo en la puerta y partía decepcionada, adentro El Lolo dormía entre sollozos, y las hojas del cuento lo abrazaban tan fuerte que ya no sentía frío.
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