Se fueron todos, absolutamente todos.

¡Y de repente ya no quedaba ninguno! Todos los bibliotecarios habían desaparecido de la faz de la tierra, todos y cada uno se habían desvanecido como si un caprichoso mago los hubiera sacado de sus siesta en el sombrero, tal conejo albino con problemas de vista por comer pocas zanahorias . De pronto todas las entradas de las bibliotecas habían quedado sin esfinges cuidadoras, y de a poco los libros que volvían a casa se iban arrumando en las casillas de devolución, hasta que ninguno pudo entrar. También ocurrió que los personajes que iban a pedir libros no los podían sacar, ya que no había quién los anotara y les dijera con cuidado cuándo debían devolverlos, no les quedó otra opción que leer los libros dentro de la biblioteca, por lo cual volvían todos los días a la biblioteca.

Luego de un tiempo se había armado ya tremendo jaleo, todo el mundo se mojaba las puntas de los dedos haciendo correr las hojas (menos los que leían a Eco, quienes temían morir si lo hacían), ya habían entrado a las libros que hacían vigilia junto a la casilla de devolución, y como no sabían cómo ordenarlos, empezaron a ordenarlos por color, pero luego llegó uno que estaba leyendo un libro de daltonismo, y les explicó con gran alevosía que los daltónicos se confundirían, por lo que decidieron que los ordenarían por tamaño, y así todos los libros fueron re-ubicados dependiendo de su tamaño. Hasta ese momento, nadie se había percatado de los pequeños e indefensos que pueden ser algunos libros, y lo grandes y bruscos que pueden ser otros. Sin embargo esto no estuvo exento de polémica, se habían levantado pequeños grupos rebeldes (cerca del baño y de la entrada norte principalmente) que pedían otros tipos de ordenanzas, algunos querían ordenarlos por la cantidad de hojas, otros por los números de sus capítulos, y los más extremistas los querían ordenar por el número de verbos en presente perfecto que tenían, pero los más leedores ya habían tomado la decisión, ya que en las universidades, ya se habían empezado a enseñar licenciaturas entre rangos de centímetros, así, uno podía ser licenciado en los libros entre 10 y 12 centímetros.

Ya había pasado más de un año desde la desaparición de los bibliotecarios, y ya que los libros no se podían sacar de la biblioteca se habían formado verdaderas ciudades dentro de ellas, los ordenandos, que eran los que habían leído más libros que cualquiera, se habían hecho un pequeño castillo en el ala sur con los libros más grandes, y con ejércitos de libros en blanco mantenían controlado todo el lugar. Sin embargo un día llegó el bufón del palacio con un libro de Borges bajo el brazo, y con grandes ojos cafés le decía a los ordenandos que debían ordenar los libros por temática, los que que hablaban de física, de filosofía, de fútbol, del futuro, de aquel sujeto llamado Foreman y sobre el fin del mundo. La risa en el púlpito fue unánime, uno tras otro los ordenandos comunicaban a los escribas que dibujaran risas exageradas decoradas con infinitos signos de exclamación , para que los especialistas en libros de 3 centímetros (que era el tamaño incómodo de los libros que contaban las vida de los ordenandos) supieran de la descabellada idea que el bufón había parido.

Mientras el bufón deliraba contagiado de risa por la arrogancia de los ordenandos, hacía sonar sus cascabeles en los oídos del púlpito, de pronto las risas se fueron acabando, los escribas dejaban de sumergir la pluma en tinta y los ordenandos se secaban las lágrimas con hojas libres de 17,4 centímetros. Cuando el bufón sorprendido cayó en cuenta de lo que sucedía, se alejó por los pasillos del castillo, su traje bicolor resplandecía por los tubos fluorescentes que se colaban por las ventanas, y en lo alto del castillo se podía escuchar que mientras saltaba el bufón cantaba:

"Y a los oídos del Rey
Cascabel, cascabel
Y a los oídos del Rey
Cascabel, cascabel"



Jaramillo en la Mansión

Jaramillo corría desesperado por los anchos pasillos de la mansión, la tarde se escurría y una gran manta naranja hacía parecer todo como una foto en sepia.
Unas grandes pisadas retumban en el techo y se acercaban rápidamente a Jaramillo que se encuentra tras la cortina de satín, pues sus zapatos negros hacían burlas por debajo de las largas trazas de tela, unas grandes patas se acercan cuidadosamente, cuidando que el viejo suelo de la mansión no dejara el puro griterío, sus garras se acercaron lentamente al borde izquierdo de la cortina y de un sopetón la abrieron, abajo, en el suelo, el par de zapatos de Jaramillo colocados en perfecta posición habían sido suficientes para engañar al monstruo de las patas grandes y a lo lejos se escuchaba la voz de Jaramillo que entre risas grita -Por mi y por todos mis compañeros-.

Ya era tercera vez que el monstruo de las patas grandes tenía que contar, pero él también quería esconderse, la mansión era tan grande que sabía debían haber millones de lugares donde poder esconderse y ganar el juego, pero lamentablemente no era tan bueno buscando a la gente, y todos los monstruos con Jaramillo siempre encontraban una manera muy graciosa de burlarlo y hacerle contar de nuevo.

Luego de que el monstruo de las patas grandes empezara a contar, todos los demás estaban pensando ya donde esconderse, el monstruo con las plumas pensaba esconderse entre un par de botones en el abrigo que colgaba de la percha a la entrada, el de los ojos grandes pensaba entremeterse entre las galletas del jarro de grueso vidrio y Jaramillo quería seguir descubriendo qué había tras las puertas del tercer piso, había abierto todos los colores y sólo faltaba la verde, por eso es que en el segundo en que el monstruo de las patas grandes se dio la vuelta para contar, Jaramillo tomó los zapatos que estaban junto a la cortina de satín se lo puso y empezó a correr entre los monstruos, quienes tropezaban a medida que avanzaban por los estrechos pasillos de la mansión que por esas horas ya empezaba a crujir por los rayos de sol que golpeteaban en el techo.

El pasillo del tercer piso aparecía inmenso frente a Jaramillo, todas las puertas lo miraban y le pedían que las abriera, pero Jaramillo tenía clara cual era su misión, se acercó lentamente a la puerta verde, mirando hacía todos lados buscando alguna distracción, una gota de sudor rodaba por las sienes de Jaramillo y tiritando abrió la puerta con rapidez, se sentía como un ninja, y saltó dando una vuelta en el aire, nadie adentro de la habitación podría haber siquiera augurado que Jaramillo entraría, pero dentro no había nadie, estaba todo oscuro, el piso era blando como un trozo de cuero, y la puerta ya cerrada había dejado todo a oscuras, salvo por unos cuantos agujeros que alumbraban desde arriba, moviéndose de un lado para otro, como un tango, un tango, lento y apretado tango.

Jaramillo no entendía nada, parecía que estaba dentro de un estómago, corrientes de aire iban y venían, Jaramillo extendía sus manos hacia las luces bailarinas pero no alcanzaba, se lanzaba contra las paredes y rebotaba como una gomita de menta en el paredes blandas como el mismo piso.

Noventa y ocho, noventa y nueve, ¡cien! Las pisadas gigantes del monstruo retumbaban por toda la mansión, las termitas huían por los troncos encefálicos de la mansión, y los corazones de los monstruos ocultos reían por la emoción de un nuevo juego. El monstruo como nunca, aburrido de contar y con ganas de esconderse, pillaba uno tras otro los monstruos ocultos, tras el ficus, dentro del castillo de naipes, sentado en el guernica, tras los botones del abrigo, en el jarro de las galletas, en las pequeñas junglas de los maceteros, en los guardagujas, y en las canciones que salen del tocadiscos, uno tras otro caen rendidos al proclamado ¡Rey de las Escondidas! De pronto sólo falta uno, uno pequeño y juguetón, uno que siempre lograba engañarlo, Jaramillo, el único que podía quitarle el cetro al ¡Rey de las Escondidas!

El monstruo de las patas grandes movía su nariz de un lado a otro, y sus bigotes rígidos como fideos sin cocer esperaban el estímulo del aroma de Jaramillo. De pronto el ¡Rey de las Escondidas! se vio frente a la puerta verde del tercer piso, abrió lentamente la puerta y vio una pequeña gaita roja encima de una mesita de noche, paciente y polvorienta, esperando que alguien la tocase, el monstruo de las patas grandes sintió que si tocaba melodías en la gaita Jaramillo aparecería a bailar, y lo podría pillar facilmente, Jaramillo amaba bailar, y el ritmo de la gaita hacía sonar fuertemente sus zapatos en el hermoso piso de madera.

El monstruo saltó desde el tercer piso por el barandal hacía la estancia donde había contado, allí le esperaban todos los demás, el de las plumas, el de los ojos grandes, el que tenía la joroba y también el chiquitito, el que no podía ver por las noches, y al que le gustaba cantar canciones de la nueva ola, también estaba aquel que le tenía miedo a las guitarras y el que no hablaba español, al lado de este estaba el que estaba dibujado con lápices pastel y a su izquierda estaba el que tenía que usar lentes, todos aplaudieron cuando llegó el de las patas grandes con la gaita entre sus brazos, cuando todos guardaron silencio el monstruo tomó una gran bocanada de aire y empezó a tocar melodías en la gaita, y dentro de la gaita Jaramillo sentía cada vez más fuertes las corrientes de aire. De pronto un gran acorde se sintió en toda la casa, y las rodillas se preparaban para bailar, Jaramillo dentro de la gaita recién empezaba entender en donde estaba, y sus risas adornaban como notas bemoles la canción del monstruo de las patas grandes ¡Rey de las Escondidas!, quien había hecho bailar a Jaramillo dentro de la gaita, y sin siquiera darse cuenta, paseando sus dedos por las notas musicales empezaron a salir las piernas de Jaramillo por los agujeros de la gaita, primero las piernas, de repente se veía su cabeza, y cuando estuvo afuera completamente completo, el monstruo tocaba con mayor rapidez, Jaramillo se unió entre risas a sus compañeros, que casi hipnotizados por la música ya habían olvidado el juego, e incluso desde afuera de la mansión se podía escuchar la melodía de la pequeña gaita roja, pero también se escuchaba como todas las risas adornaban, esta vez con notas sostenidas, la canción que Jaramollo bailaba con los monstruos.

Jaramillo También Soñaba

Cuando Jaramillo era sólo un niño, amaba que su madre le contara cuentos inventados por ella al correr de la voz; la madre, mientras miraba los ojos de Jaramillo narraba hermosos parajes llenos de intensos aromas frutales, peras, sandías y guayabas, delicados rocíos de tarde, pastos de todos colores y millones de animales que hablaban mientras limpiaban suavemente sus gafas con la parte interior de sus largas bufandas.

Una tibia tarde de verano, mientras olores marinos se colaban por las ventanas, y cuando sólo una frazada era suficiente para cobijarse, la madre narraba a Jaramillo la historia del mundo, le contaba cómo sonreía, cómo bailaba con los otros planetas, que lloraba cada vez que pasaban gigantes estrellas fugaces, y que su corazón se estremecía cada vez que un nuevo niño nacía, y que si lográbamos guardar el suficiente silencio le podríamos escuchar latir, si guardábamos el suficiente silencio le podríamos escuchar latir, el suficiente silencio, silencio, silencio, chhhh, chhhhh.
Jaramillo cayó en un profundo sueño, el recuerdo al aroma marino lo obligó a soñar que estaba navegando, y la tibia sensación del verano le quemaba la cara mientras navegaba moviendo el timón estrepitosamente mientras la boca del bote se comía la parte blanca de las olas, mientras Jaramillo gritaba a los tripulantes palabras técnicas como: babor, proa, leven anclas, por estribor, sus tripulantes lo miraban completamente confundidos, y como Jaramillo tampoco sabía lo que decía, al cruzarse sus miradas las carcajadas llovían por los aires empujadas por el vaivén de las olas.

Luego de algunas horas navegando, la mirada perdida de Jaramillo entre las olas era sorprendida por un fuerte grito que rezaba: "tieeeera a la vista", y Jaramillo pensando en los tecnicismos gira con una leve risita y se sorprende al ver, con sus ojos gigantes y vidriosos una isla no muy lejos, era hermosa al medio tenía una gran ruma de ropa adornada con pinos de papel celofán que ordenadamente bajaban desde la cima hasta el piso que estaba formado por millones de piezas de lego, puesta una junto a otra, y sus colores variaban mientras se iban acercando a la orilla de la playa, junto a la playa habían millones de palmeras de colores, y botones como cocos adornaban sus extremos y los bigotes volaban por todos lados haciendo ruidos graciosos, y comían los brotes, que ingenuos nacían en las puntas de los árboles.
Jaramillo estaba totalmente fuera de sí, junto con los tripulantes cantaban canciones y jugaban a la ronda de tanta felicidad, habían encontrado La Isla, era todo tan perfecto, el sol acariciaba dulcemente sus mejillas como besándoles, y el mar ya tenue les invitaba a navegar hacia la orilla.
Encallaron en un humilde puerto ubicado hacía el sur de La Isla, y los isleños les recibieron con gran augurio, augurio tal que habían preparado dulces de leche, plátanos confitados, leches con chocolate y palmeritas de caramelo, y para que no hubieran confusiones les pusieron diferentes sombreros de colores, y les dijeron que de ahora en adelante esos serían sus nombres (a Jaramillo le tocó el verde claro).
Luego de un rato, se empezaron a acercar los bigotes buscando algunas migajas en el lugar del festín, y el pequeño rey isleño se acercó tímidamente a Jaramillo y le dijo -Capitán Verde Claro, tenemos todo listo para que se dirija al El Lugar- Jaramillo al mirarle se sonrojó un poco, y luego dando una pequeña referencia aceptó, le tomó la mano y partieron.
Viajaron en grandes grupos, cada uno de los tripulantes era acompañado por diez isleños que les enseñaban canciones antiquísimas, y dejándoles en el centro les hacían bailar, Jaramillo estaba muy ansioso, pero se frotaba las manos haciendo que se fuera aquel deseo que tenía de comerse las uñas.
En un momento estuvieron en la cima de la ruma de ropa, y al girar Jaramillo notó que estaba solo, el silencio le silbaba en el oído, y un frescor veraniego le subía por las piernas. Jaramillo camino desconfiado a lo más alto de la ruma y giró para ver La Isla completa, abajo miles de árboles lo saludaban, y el infinito mar parecía caer al vacío allí donde su vista de perdía, Jaramillo se sentó en el suelo y notó que la suavidad de la ropa lo invitaba a recostarse, lo hizo, cerró los ojos y escuchó como la tierra le contaba sus secretos, bom bom, bom bom, bom bom, Jaramillo se sobresaltó y rió, rió tan fuerte que los bigotes llegaron a ver lo que pasaba, y volvió a recostarse y escuchó de nuevo, bom bom, bom bom, bom bom, bom bom, y poniendo su mano en el pecho abrió los ojos, pero ahora estaba en su habitación, y el sol entraba fuertemente por la ventana, afuera los pajarillos cantaban y al asomarse para escucharlos mejor tomó una gran bocanada de aire, el aire marino inundó sus pulmones y se exaltó, bajó corriendo las escaleras, tomó sus palas y baldes y corrió a la orilla.

Para Ale :)

Tributo al Cuento más Hermoso del Mundo

La mano de El Lolo temblaba mientras escribía en su cuadernillo, y como si las hojas fueran vudú le dolía el alma al terminar cada línea que escribía, cada vez que cambiaba de hoja, grandes lagrimones bañaban sus pestañas, y la nausea que lo hacía querer terminarlo le contraía el esófago.

Todos sus sentimientos eran abrumadores, y La Perla que tocaba fuertemente la puerta no entendía que diablos pasaba. El Lolo por su parte, empedernido, se limpiaba con la manga el rostro y no entendía porque la punta del lápiz parecía que bailase frente a él, pensó por un momento que aquella marca de lápices parecía ser confiable y prosiguió escribiendo, pensó un segundo en La Perla, pero sin poner atención a sus golpes se introdujo más aún en la escritura.

Parecía que El Lolo no quería terminar de escribir, la herida que dejaban las palabras en su alma parecían regenerarse cuando repasaba para revisar la sintaxis, era todo tan hermoso, estaba todo tan lleno de él, sentía que dibujaba sus órganos cada vez que tocaba el papel, y si entrecerraba los ojos, podía ver que las líneas creadas por los espacios que dejaban la separación de las palabras, tenían formas de corazón, de hígados, de riñones de orejas y de ojos, en la primera hoja veía un par de manos, y en las siguientes vio el lunar que tímidamente ocultaba en su tobillo izquierdo, y mientras tanto en el pasillo, La Perla fumaba.

Cuando El Lolo dio la pincelada final a su cuento tuvo que tomar un vaso de agua con azúcar para calmarse, la adrenalina que corría por sus venas le quemaba como si fuego fuera, y ya no podía contener el llanto, se tapó la cara con las manos y lloró, lloró tan fuerte que sentía se le acababan las lágrimas, olió fuertemente las hojas queriéndoles sacar su último aliento, aquel cuento que había vivido mientras él lo escribía yacía moribundo tapándole los ojos, pero El Lolo no quería mirarlo, ahora que pálido languidecía frente a él, debía enterrarlo, los otros serían el ataúd, vosotros seríais el ataúd. Afuera La Perla apagaba el cigarrillo en la puerta y partía decepcionada, adentro El Lolo dormía entre sollozos, y las hojas del cuento lo abrazaban tan fuerte que ya no sentía frío.


Jaramillo de Noche

Jaramillo pintaba con lápices de madera un pequeño robot que había dibujado en un trozo de papel mantequilla, la noche cubría la habitación y una pequeña vela con olor a canela alumbraba temblando los juguetes que apoyados unos con otros le acompañaban en el pequeño escritorio, bordeaban ya las 9 de la noche y su madre lavaba abajo una polera a rayas rojas y blancas, estaba cansada y sus manos tiritaban efecto de la temperatura del agua.

Jaramillo había pegado en el muro con engrudo el robot que había terminado hace sólo un momento, y se había puesto su pijama de cohetes y estaba listo para irse a dormir, su madre le había dado ya su beso de buenas noches y hacía un par de llamadas antes de dormir también, Jaramillo yacía en la cama, y tarareaba una canción que le había entrenido durante el almuerzo, y casi sin darse cuenta cayó en un profundo sueño, lleno de nubes de algodón, peces que volaban entre los hojas de los árboles y nidos de algodón de azúcar, pero de pronto, escuchó como su ventana se abría de sopetón, Jaramillo blandió fuertemente las sábanas y parpadeando rápidamente se cubrió con ella, afuera un farol encendido tambaleaba y se correspondía con la ventana de Jaramillo, que estaba abierta por una extraña razón, y hacía notar una silueta que estaba parada justo frente a la cama de Jaramillo. Jaramillo al notar que la silueta no se movía, lentamente fue bajando la sábana hasta notar un sujeto que tenía una extraña capa, la cual era roja por un lado y negra por el otro, el sujeto lentamente se fue acercando a Jaramillo, respirando fuertemente por su nariz, como si quisiera oler algo en especial, Jaramillo ya no tenía miedo, una inmensa curiosidad le embargaba por completo y de la misma manera se fue acercando a lo que para él parecía un pequeño vampiro pelirrojo.

Cuando el vampiro estuvo lo bastante cerca, hizo un fuerte ademán y mordió el lado derecho el cuello de Jaramillo, pero al primer contacto de sus colmillos con el cuello de Jaramillo empezó a escupir pequeños trozos de madera, Jaramillo se reía afirmándose las rodillas y el pequeño vampiro pelirrojo no entendía nada, Jaramillo encendió esta vez una pequeña vela con olor a vainilla y le entregó un vaso de agua al vampiro para que se enjuagara la boca, entre gárgaras el vampiro le preguntó que tenía en el cuello, y en ese momento Jaramillo le mostró todas las costuras que tenía en el cuerpo -Soy un espantapájaros- le dijo con tenue voz, cuidando no despertar a su madre, en ese momento, una mirada perdida se había hecho presa de los dos, y ambos sentado en el suelo rieron silenciosamente durante un momento.

La luna había avanzado tres cuartos en el cielo, y el pequeño vampiro pelirrojo debía partir, Jaramillo abrió su ventana y antes de que partiera le entregó el pequeño robot que había dibujado, y con el mismo engrudo se lo pegó en la parte roja de la capa, deseándole un buen viaje, y que volviera cuando quisiera, pero que no tratara de morderlo de nuevo, que los amigos no debían morderse entre ellos, el pequeño vampiro asintió entrecerrando sus ojos y convertido en murciélago voló lejos de la ventana de Jaramillo, luego de cerrar la ventana y de apagar la vela, Jaramillo tarareaba una canción de la película que había visto en la tarde y se acostó, tapándose rápidamente, y frotándose los pies uno con otro para recuperar calor, luego de un momento cayó de nuevo en un profundo sueño, pero esta vez los peces no volaban, esta vez él era el que nadaba entre las algas, y los peces lo invitaban a desayunar.