Canela y Manzanilla

Pepe corría a su casa al final del huerto, al partir en la mañana había visto a la madre arrancando lechugas de raíz, y sabía que eso significaba que en el almuerzo, aquella fuente de greda, estaría rebosante de las hojas que con limón esperaban a Pepe con su tenedor.
A medida que Pepe se acercaba a la cocina, podía sentir como su madre ponía los cubiertos sobre la pesada mesa de madera negra, y sus ganas de buscar los tallos, de encontrarlos antes que sus hermanos y casi al final del almuerzo comerlos con sal, cuando ya la fuente estaba vacía.

Besa fuertemente a su madre en la mejilla, mientras ella acerca la tetera al fuego de la estufa. Al cabo de un momento, la tetera tiznada por los años escupe vapor fuertemente por la boca, avisando a la madre quien fregaba sin ningún cuidado la fuente de greda. La madre coloca un par de varas de canela y unos brotes de manzanilla en un gran tazón gris, y con el paño de cocina de turno, toma el tazón humeante y lo lleva consigo a la mecedora que la espera con un débil movimiento por la brisa que llegaba a la terraza.

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