¿Pasa por Martínez de Rozas?, le pregunto al chofer mientras subo rápidamente a la micro, me siento en el ultimo asiento, me gusta ver como la gente sube y mira desconcertada los asientos, buscando dos asientos desocupados, no les gusta sentarse acompañados parece, y el cansancio los obliga a veces a compartir la intimidad de un asiento público. Camino hacia el final de la micro y me siento solo en los cinco asientos del final de la micro, el chofer parte, de forma automática las cabezas que van al lado de la ventana giran para ver el paisaje, los ojos se abren y las miradas se asombran al ver las gotas de lluvia que empiezan a azotar las ventanas de la micro, mientras el chofer de mala gana enciende el limpiaparabrisas.
La gente empieza a conversar, mientras el chofer pone atención en los pasajeros que esperan su llegada bajo la lluvia, las gruesas gotas no me dejan ver el paisaje, pero la humedad del exterior me da una extraña paz. De cuando en vez el chofer para para recoger los rezagados pasajeros mojados, para el bus, abre la puerta, los pasajeros suben, pagan, el chofer entrega el boleto, a veces su vuelto, y pasan a sentarse, sacudiendo sus paraguas y mojando el asiento de cubierta plástica, de cuando en vez sube gente, de cuando es vez es harta, de cuando en vez son pocas, pero esta vez sólo fueron dos, una mujer y un hombre, me atrevería a decir que eran pareja, él se preocupaba de ella de sobremanera, y ella tenía cara de tranquilidad, el pelo mojado de él me demuestra que la tapaba a ella, caminan por el pasillo y se colocan dos asientos adelante de donde yo me encuentro, ella hacia la ventana y él hacia el pasillo, su mano delicadamente pasa por su nuca y se posa en su hombro. Sus caras se ven felices, están secos, camino a su hogar y juntos, él la acaricia constantemente y ella ve su rostro con tranquilidad, desde aquí puedo ver sus manos, una sobre otra, ella tiene un anillo en el dedo medio, y él juega con el, ella cansada posa su cabeza en su hombro y dormita por el resto del camino.
Agacho la cabeza, busco en mi mochila la libreta café, la abro, está un poco húmeda producto de la lluvia, me rasco la cabeza y escribo en ella lo primero que se me viene a la cabeza. El chofer frena y grita: - ¡Martínez de Rozas! - , rápidamente guardo la libreta odiando la ley de Murphy, mi grito de gracias hacia adelante despierta a la muchacha, la miro a los ojos pidiendo disculpas con ellos y bajo de la micro, abro mi paraguas, y para de llover. Parado en la acera me paro y pienso: el chofer no me respondió.
Que querés que te diga muchacho; su par de años más y le das una patada en el derriere a Cortázar ;).
ResponderEliminarme gustó. ta bueno.
Sólo en regiones los choferes te avisan de tu paradero; los lindos y buenos operadores transantiguinos les vale un cuesco q te bajes dos comunas mas alla de la q tuya...pero aun asi i (l) stgo (re na q ver esta ultima parte :P)
yaps...se me fue la onda del comentario...creo q debo dejar los malones furtivos xD
mila.-
hola nico.
ResponderEliminarprimero k nada, gracias por las explicaciones via msn... jaja
segundo, muy bonito tu blog! no tenia idea k te gustaba escribir! lo haces bien, felicitaciones.
Nos vemos en la U, compañero! adios :)